
Cristino de Vera (Tenerife, 15 de diciembre de 1931) venía a los alrededores de EL PAÍS, en Miguel Yuste, a comer manzanas con amigos, en la época en la que el gran artista canario se alimentaba de lo que le dijeran el cielo, Dios o la pintura. Su amor de toda la vida, Aurora Ciriza, lo rescató para la vida diaria, y eso le hizo un enorme bien a su supervivencia como ser humano y como pintor.
