Una carpa acondicionada. Muchas canas. Ninguna apretura. Solo tres actuaciones. Final al filo de medianoche. Tranquilidad. Una parada con venta de discos. De vinilo mayormente y algún compacto. Público seleccionando con esmero en qué papelera tirar los residuos. Copas de plástico, pero copas, para beber vino. El escenario, único, cerca. Barras sin aglomeraciones. Y, motivo central del asunto, muy buena música. No, no parece un festival, concepto que se asocia a juventud, idas y venidas, múltiples estímulos, publicidad atosigante y vestuarios delirantes para significarse entre la masa o incitar ritos de cortejo. Era la primera jornada del festival Feroe, que en otra pirueta insólita vio triunfar a sus dos primeros reclamos, The Weather Station y The Jayhawks, y que perdió algo de público para el teórico cabeza de cartel y artista que actuó en último lugar, The Tallest Man On Hearth. Cuando todo parece inventado, alguien descubre que no es así.
